Ni Claudia ni Xóchitl
21/03/2024
Autor: Dr. Juan Pablo Aranda Vargas
Cargo: Director de Formación Humanista

Es el gusto por el escándalo lo que mueve esta pluma, dirá alguno; es el goce en el contubernio de la mente con los pantanales del vicio y la enfermedad, dirá otro; un tercero distraerá la mirada en la red social de su preferencia con tal de no seguir leyendo a la encarnación del Babalucas de Catón; el último no podrá sino rechinar los dientes, anticipando que el titulajo que propone este estudiante de la política quiere sugerir a don Jorge Álvarez Máynez, patrón de los ignotos y advenedizos, como opción real de cara a este próximo 2 de junio —nada de eso… 

He de confesar, de hecho, que tuve que buscar su nombre en la red porque la existencia misma del bateador emergente naranja, y qué decir de su nombre, se me escapa como agua entre las manos. En defensa de mis olvidos, diré que mucho nos costó acostumbrarnos a Samuelito, cuyo nombre empequeñece a la luz cegadora del de su consorte, la sublime influencer doña Mariana, para que Dante—el corruptérrimo político, no el florentino célebre—nos cambiara la jugada, sustituyendo el café aguado por un pocito con agua puerca.

Y, sin embargo… diría Galileo. Y, sin embargo, diré yo plagiando al pisano (plagio, advierto, no como el de doña Jazmín, que no es ni princesa ni abogada, pero sí magistrada), el 2 de junio no debemos votar por Claudia ni por Xóchitl. Eso debería ser absolutamente claro para todo demócrata. Hoy, lamentablemente, esa estirpe de ciudadanía demócrata está en proceso de extinción. Hoy todo parece una guerra de nombres: aquí Xóchitl y Claudia, allá el pitufo Santiago contra Clarita la guinda de cabeza hueca, acullá otros de cuyo nombre prefiero no acordarme—por salud mental, por prudencia, por ese tan urgente pathos que Nietzsche nos enseñó. Lanzamos nombres, defendiéndolos convencidos al parecer de que en ellos está la esperanza de un México mejor. La cascada de nombres obnubila casi todo lo demás: desaparece toda concepción de política pública, toda explicación basada en hechos, todo programa, plan y proyecto que discuta seriamente el bien común y las formas de concretarlo en el aquí ahora.   

Aquí, pues, dos razones que explican el error de promover nombres y no, como debería ser, una visión de lo político desde la democracia. 

Primero. Cuando la democracia comienza a hablar de nombres en lugar de instituciones; cuando la lógica del quién suplanta el sentido del para qué; cuando el culto a la persona va acompañado de un guiño caudillista; cuando, en una palabra, el pueblo piensa más en términos del Chapulín Colorado—y ahora, ¿quién podrá defendernos?—en lugar de asumir plenamente su condición soberana, entendiéndose como el centro gravitacional de todo acto político, cuando todas estas cosas suceden, entonces nos encontramos frente a la crisis del sistema democrático. La democracia es, lo repetiré una vez más, un sistema antitiránico, que busca no la eficiencia ni la excelencia sino servir como una barrera eficiente contra la acumulación de poder. ¿Y qué más contribuye a dicha concentración cuando la vida política se reduce al enfrentamiento de nombres que se presentan, cada uno, como salvadores y redentores de una patria lastimada? No es raro escuchar a quien considera una “buena idea” e, incluso, “algo necesario, urgente” que la candidata X (entiéndase la incógnita matemática o la candidata que algunos quieren soñar presidenta) obtenga “carro completo”. Contra semejante barbaridad habría que alertar, semejando a Rousseau en su segundo Discours: “¡Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que… en política, todo ser humano es corrompible y, por ende, el mejor sistema de gobierno es el que está dividido de forma tal que nadie pueda ser capaz nunca de concentrar suficiente poder como para oprimir a los demás!”. 

Concluyamos: la democracia es, antes que nada, un arreglo social; en tanto que forma de gobierno, busca generar esquemas, instituciones, normativas y procedimientos que impidan la acumulación de poder. Todo acto que busque concentrar el poder—incluso si fuera en las santas manos del santo Tomás Moro—es antidemocrático en tanto que un coqueteo con la tiranía. Por eso no votaré por X ni por C, sino que mi voto obedecerá a la necesidad de crear pesos y contrapesos que aseguren el funcionamiento adecuado del aparato democrático, independientemente de quien termine posándose en la silla del poder.

Segundo. Apostar por nombres evidencia una comprensión muy limitada, y hasta mediocre, del funcionamiento de las sociedades libres. La democracia requiere ciudadanos y ciudadanas excelentes antes que representantes populares límpidos. Apostar por C, X o J (recuerde el lector que “J” representa a ese candidato que nadie recuerda) es una medida desesperada: es porque no existe una ciudadanía que entienda lo político (en su hechura social, en su configuración epistemológica, en sus virtudes, en su dar sentido y forma a la sociedad, etc.) que terminamos arrojándonos a un nombre para que nos salve. Nos hacemos ovillo bajo el manto del sacro nombre del caudillo en turno, olvidando que la existencia misma de una política (entendida como juego por ocupar cargos de elección, instituciones, y demás) está siempre en función de lo político que asume, por un lado, un espacio de inteligibilidad que hace emerger lo social y, por el otro, implica para el caso específico de la democracia la exigencia de una ciudadanía que entiende la existencia como algo inherentemente político. Lo que salva a la nación es, entonces, no un nombre sino el complejo y paciente tejido del ethos democrático en el espíritu del ciudadano, los hábitos del corazón o mœures que entronizan lo político como fuente del que brota la existencia social.

No es, pues, Claudia ni Xóchitl (he olvidado ya, nuevamente, al naranjito). Si seguimos pensando en términos tan mediocres nunca lograremos crear auténticas corrientes de pensamiento, y nuestro llamado al liderazgo se verá reducido a la búsqueda intestina del poder. Si, por otro lado, lo político comienza a latir dentro del corazón del estudiante, si los resortes de la existencia del joven comienzan a ser impulsados por la nueva cadencia de la virtud cívica, de la vida social, la apertura al otro y la solidaridad, entonces la próxima jornada electoral no nos encontrará desesperados por sumar votos aquí o allá, porque habremos formado ya una juventud que hace política a partir de un reconocimiento de la prioridad de lo político sobre otras preocupaciones. Votarán inteligentemente, votarán responsable e informadamente. Lo contrario de esto será más política del espectáculo, más atole con el dedo, más propaganda para tontos. 

Sigamos pues, fieles a la promoción del voto para este próximo 2 de junio, pero tengamos en cuenta que no podemos seguir poniendo curitas a una hemorragia, no podemos dar una muleta a quien necesita una intervención de urgencia. La muleta se llama C o X, la intervención se llama formación democrática.